Memoria y sujeto ficticio

Memoria y sujeto ficticio

28/12/2025 0 Por Alias_Sanscrito
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La memoria refuerza la ilusión de un hacedor porque ofrece continuidad narrativa a algo que, en su origen, es fragmentario e impersonal. El sujeto se percibe a sí mismo como un centro de decisión que atraviesa el tiempo (ilusión del libre albedrío), pero esta percepción no surge de una experiencia directa del control, sino de la capacidad de recordar y ordenar los acontecimientos pasados bajo la forma de una historia coherente. La memoria no solo almacena hechos, sino que los reescribe desde la perspectiva del presente, asignándoles un autor: “yo”. De este modo, el recuerdo se convierte en el cemento que solidifica la identidad y le da al sujeto ficticio la sensación de haber estado allí como agente causal.

El horror vacui del sujeto ficticio se manifiesta en su necesidad constante de llenar el vacío con significados personales. Donde hay silencio, indeterminación o impersonalidad, la mente introduce recuerdos, interpretaciones y emociones. Los recuerdos tristes cumplen aquí una función privilegiada, porque poseen una densidad emocional que los hace parecer más reales, más propios. El sufrimiento recordado no solo duele, sino que confirma la existencia de alguien que sufrió. La tristeza actúa como una prueba íntima de identidad: si me duele, entonces fui yo; si fui yo, entonces existo como hacedor. 

Sin embargo, desde una mirada más profunda, esas circunstancias pasadas sucedieron sin la participación de un sujeto autónomo. Los eventos ocurrieron como ocurren todos los fenómenos: por una compleja red de causas y condiciones impersonales. El cuerpo reaccionó, la mente interpretó, las emociones aparecieron, pero no hubo un “alguien” separado dirigiendo el proceso. La memoria, al mirar hacia atrás, introduce retroactivamente la figura del hacedor y transforma lo ocurrido en una escena donde supuestamente se podría haber actuado de otro modo. Así nace la idea de que el pasado “hubiera podido ser cambiado”.

Esta posibilidad imaginaria de haber actuado mejor cumple una función compensatoria. Al pensar que algo pudo hacerse distinto, el sujeto refuerza la fantasía de control y proyecta una promesa de redención hacia el futuro. El dolor pasado se resignifica como una lección personal, como un error del hacedor que puede corregirse más adelante. De esta manera, la memoria no solo conserva el sufrimiento, sino que lo utiliza para sostener la narrativa de progreso del yo. El hacedor se mantiene vivo gracias a la comparación constante entre lo que fue y lo que “debería haber sido”.

En este contexto, la tristeza aparece como un mecanismo de refuerzo del ahamkara, esa estructura de apropiación que dice “esto me pasó a mí”. Sentirse triste no es solo una reacción emocional, sino una reafirmación identitaria. La tristeza delimita un adentro y un afuera, un yo herido frente a un mundo que lo afectó. Al repetir mentalmente los recuerdos dolorosos, el sujeto se asegura de no disolverse en la impersonalidad del presente. El dolor se vuelve un ancla ontológica.

Paradójicamente, cuanto más se investiga esta dinámica, más evidente resulta que la memoria no prueba la existencia de un hacedor, sino su carácter ilusorio. La identidad necesita ser recordada porque no es estable por sí misma. Cuando el recuerdo se aquieta y la tristeza deja de ser apropiada como “mía”, lo que queda no es un vacío amenazante, sino una experiencia simple, sin autor, donde la vida sucede sin necesidad de un sujeto que la reclame.

Estudios científicos sobre la memoria y las emociones

Existe una amplia y sólida evidencia científica que confirma que las emociones —especialmente aquellas con alta activación como el miedo, la tristeza intensa o la alegría— mejoran la grabación y consolidación de ciertos tipos de recuerdos, aunque con matices importantes.

Desde la neurociencia cognitiva se habla del fenómeno conocido como emotional enhancement of memory. Numerosos estudios muestran que los eventos emocionalmente relevantes se recuerdan mejor que los neutros, y que este efecto depende principalmente de la interacción entre la amígdala y el hipocampo, dos estructuras clave del cerebro. La amígdala detecta la relevancia emocional del estímulo y modula la actividad del hipocampo durante la codificación y consolidación de la memoria, fortaleciendo así la huella mnésica. Esto ha sido demostrado tanto con estudios de neuroimagen funcional como con registros intracraneales directos en humanos (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).

Un meta‑análisis influyente de estudios con fMRI confirma que, durante la codificación exitosa de recuerdos emocionales, se activan de manera consistente la amígdala bilateral, el hipocampo anterior y regiones prefrontales asociadas a la atención y la evaluación del significado. Este patrón no aparece con la misma fuerza en recuerdos neutros, lo que sugiere un mecanismo específico de priorización emocional de la memoria (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).

Ahora bien, los estudios también muestran algo crucial para tu planteamiento: la emoción no mejora todos los aspectos del recuerdo. Suele reforzar el recuerdo del “núcleo” del evento —lo central, lo significativo— mientras que los detalles contextuales o relacionales pueden recordarse peor o distorsionarse. En algunos casos, la emoción incluso perjudica la memoria asociativa, es decir, la capacidad de recordar cómo se relacionaban entre sí distintos elementos de la experiencia (pubmed.ncbi.nlm.nih.gov).

Además, investigaciones publicadas en Nature Neuroscience muestran que la emoción incrementa la sensación subjetiva de recordar, el “esto lo viví yo”, incluso cuando la precisión objetiva del recuerdo no mejora. Es decir, la emoción fortalece la vividez y la convicción del recuerdo más que su exactitud, un punto especialmente relevante para comprender cómo la memoria emocional refuerza la identidad personal (nature.com).

También se ha observado que emociones específicas como la tristeza o el miedo tienden a producir recuerdos más persistentes que otras, y que este efecto está mediado por hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina, las cuales facilitan procesos de consolidación a largo plazo (jsr.org).

En síntesis, la ciencia confirma que las emociones refuerzan la grabación de los recuerdos, pero no de forma neutral ni inocente: lo hacen seleccionando, intensificando y subjetivizando la experiencia. Esto encaja notablemente bien con la lectura del Vedānta y el concepto de ahamkāra, ya que la emoción no solo fija el recuerdo, sino que refuerza la apropiación del recuerdo como “mío”, consolidando la ilusión de un hacedor que recuerda haber vivido, sufrido y decidido, incluso cuando la investigación muestra que lo recordado es, en gran parte, una reconstrucción emocionalmente sesgada.

¿Y desde el Vedānta?

Desde el Vedānta se entiende con notable claridad y precisión conceptual. El Vedānta afirma que la idea de un hacedor individual es una superposición ilusoria, adhyāsa (अध्यास) o superposición errónea de lo irreal (anatma  (अनात्मन्)) sobre lo real (atman (आत्मन्)), que surge por ignorancia fundamental, avidyā (अविद्या). No es que exista primero un sujeto real que luego se equivoque, sino que la noción misma de sujeto separado aparece como un error cognitivo, similar al ejemplo de siempre, confundir una cuerda con una serpiente en la penumbra. La memoria juega un papel central en esta confusión, porque es uno de los principales instrumentos mediante los cuales la mente construye continuidad donde en realidad solo hay presencia impersonal.

Para el Vedānta, el “yo” empírico, el jīva (जीव), está compuesto por cuerpo, mente, emociones y memoria. Nada de eso es el verdadero Ser. La memoria pertenece al antaḥkaraṇa (अन्तःकरण): el «instrumento interno» (karaṇa: instrumento), el alma, la sede del pensamiento, y su función es registrar impresiones, saṃskāras (संस्कार), que luego se reactivan como recuerdos. Cuando estos recuerdos son apropiados por el ahamkāra, el principio de individuación, surge la sensación de “yo hice”, “a mí me pasó”, “yo sufrí”. Así, la memoria no solo conserva experiencias, sino que refuerza la falsa autoría de los actos y vivencias.

El Vedānta sostiene que los acontecimientos del pasado ocurrieron en el plano de prakṛti (प्रकृति), el orden natural de causas y efectos. El cuerpo actuó, la mente pensó, las emociones surgieron, todo según leyes impersonales. El error consiste en atribuir esas acciones a un yo autónomo. Por eso, cuando el recuerdo aparece acompañado de la idea “yo podría haber actuado distinto”, el Vedānta lo identifica como una ilusión secundaria que refuerza la primaria: la creencia en el hacedor. No hay un agente independiente que haya fallado o acertado; solo hubo acción sin autor último.

En cuanto a la tristeza, el Vedānta la entiende como una modificación mental, vṛtti (वृत्ति), que es apropiada por el ahamkāra para afirmarse. El sufrimiento psicológico no es negado, pero se señala que su persistencia depende de la identificación. La tristeza se vuelve un medio de consolidación del yo empírico porque dice implícitamente: “yo soy el que perdió”, “yo soy el herido”, “yo soy el incompleto”. De este modo, el dolor emocional fortalece la sensación de separación y, con ella, la ignorancia.

Desde esta perspectiva, el “horror vacui” del sujeto ficticio no es más que el miedo del ahamkāra a disolverse al ser investigado. El Vedānta enseña que, cuando la memoria es observada sin apropiación, los recuerdos siguen apareciendo, pero ya no construyen identidad. La tristeza puede surgir, pero no encuentra a quién adherirse. En ausencia de identificación, queda solo conciencia, sākṣin, que ilumina tanto el recuerdo como la emoción sin verse afectada por ellos.

En última instancia, el Vedānta no propone mejorar la vida del hacedor, porque niega su realidad última. Propone ver con claridad que nunca hubo un hacedor separado. Cuando esta comprensión se estabiliza, la memoria deja de ser un soporte del yo y se convierte en un simple fenómeno más que aparece y desaparece en la conciencia que siempre estuvo ahí, intacta, antes de toda historia personal.