Culpa y victimismo

Culpa y victimismo

28/12/2025 0 Por Alias_Sanscrito
Spread the love

La culpa y el victimismo suelen presentarse como experiencias emocionales distintas, incluso opuestas, pero en realidad funcionan como dos caras de una misma moneda. Ambas surgen de una relación conflictiva con la responsabilidad personal y con la manera en que el individuo interpreta su papel en los acontecimientos de su vida. Mientras la culpa se manifiesta como una autoacusación consciente o inconsciente por algo hecho o no hecho, el victimismo aparece como un desplazamiento de esa carga hacia el exterior. En este sentido, el victimismo puede entenderse como una forma ilusoria de escapar de la culpa, una estrategia psicológica que permite aliviar el malestar interno sin transformarlo realmente.

La culpa implica el reconocimiento, explícito o velado, de que se ha participado de alguna manera en una situación que genera sufrimiento, daño o frustración. Aunque puede cumplir una función ética y reparadora cuando conduce a la reflexión y al cambio, con frecuencia se vuelve paralizante. La persona atrapada en la culpa se define a sí misma desde el error, se juzga con dureza y queda fijada a un pasado que no puede modificar. Esta experiencia resulta emocionalmente costosa, por lo que el psiquismo busca salidas para disminuir su peso. Una de esas salidas es el victimismo.

El victimismo no elimina la culpa, sino que la disfraza. En lugar de decir “soy responsable”, el sujeto victimista afirma, de manera más o menos explícita, “me hicieron esto” o “no tuve opción”. Al colocarse exclusivamente en el lugar de víctima, la persona se libera momentáneamente de la angustia de reconocerse como agente. El problema es que esta liberación es ilusoria, porque el precio que se paga es la renuncia al propio poder. Al negar toda responsabilidad, también se niega la capacidad de influir, decidir y transformar la realidad. Así, el victimismo protege del dolor de la culpa, pero encierra al individuo en una identidad pasiva y dependiente.

Ambas posturas, culpa excesiva y victimismo, comparten una misma raíz: la dificultad para asumir una responsabilidad madura. La culpa inmoviliza porque todo el peso recae sobre el yo, mientras que el victimismo inmoviliza porque ese peso se expulsa completamente hacia los otros o hacia las circunstancias. En ninguno de los dos casos hay un verdadero movimiento de crecimiento. La persona culpable se castiga; la persona victimista se justifica. Ambas evitan el paso más complejo, que es reconocer la propia participación sin caer en la autoagresión ni en la negación.

Superar esta dinámica implica atravesar la ilusión del victimismo y resignificar la culpa. No se trata de negar el daño recibido ni de minimizar las injusticias reales, sino de distinguir entre lo que no se pudo controlar y la forma en que se respondió a ello. Cuando la culpa se transforma en responsabilidad consciente, deja de ser una carga y se convierte en una fuente de aprendizaje. Y cuando el victimismo se abandona, la persona recupera su lugar como sujeto activo de su historia. Solo entonces ambas caras de la moneda dejan de oponerse y se integran en una comprensión más profunda de uno mismo y de la propia libertad.

En la sociedad

Desde una perspectiva sociológica, la culpa y el victimismo no solo operan como dinámicas psicológicas individuales, sino también como marcos colectivos que estructuran discursos políticos, identidades sociales y formas de organización del poder. Las posturas políticas tienden a apoyarse, de manera explícita o implícita, en una de estas dos matrices morales porque ambas resultan extremadamente eficaces para movilizar adhesiones, justificar jerarquías y orientar el comportamiento social. Lejos de ser neutrales, la culpa y el victimismo se convierten en recursos simbólicos que pueden ser explotados por instituciones y organizaciones con fines estratégicos.

Las corrientes políticas que enfatizan la culpa suelen construir su discurso alrededor de la responsabilidad individual, el mérito y la deuda moral, es decir, suelen ser las posturas que tradicionalmente llamamos «conservadoras» o «derechas». Desde este enfoque, los problemas sociales se interpretan como consecuencia de decisiones personales equivocadas, fallas morales o falta de esfuerzo. La pobreza, la exclusión o el fracaso se leen así como signos de culpa, explícita o implícita, del propio sujeto. Este marco tiene una enorme utilidad política, ya que desplaza la atención de las estructuras hacia los individuos y reduce la presión sobre el sistema. Instituciones económicas, educativas o laborales se benefician de este relato porque legitima la desigualdad como resultado “natural” de elecciones personales y convierte la obediencia y el sacrificio en virtudes morales. La culpa funciona aquí como un mecanismo de autocontrol: el sujeto se vigila a sí mismo, se exige más y cuestiona menos.

En el extremo opuesto, otras posturas políticas se articulan en torno al victimismo, poniendo el acento en el daño histórico, la opresión estructural y la responsabilidad de agentes externos claramente identificados, esto es suelen ser las que tradicionalmente se denominan «progresistas» o «izquierdas». Este enfoque tiene un valor descriptivo innegable, ya que visibiliza relaciones de poder reales y sufrimientos que han sido negados durante largo tiempo. Sin embargo, cuando el victimismo se absolutiza, corre el riesgo de cristalizar identidades basadas exclusivamente en el agravio. El sujeto colectivo se define entonces más por lo que ha padecido que por lo que puede construir. Para ciertas organizaciones e instituciones, este marco también resulta funcional, porque consolida lealtades emocionales, desactiva la autocrítica interna y mantiene una dependencia constante de mediadores que se presentan como los únicos defensores posibles de la víctima.

Las ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) viven precisamente de éste posicionamiento, y reciben fondos y ayudas de estos dos grupos: los sujetos con «culpa», que se sienten mejor aportando fondos y así calman su sentimiento de culpa, y los que se sienten víctimas, que consideran que las ONGs trabajan a su favor, como colectivo desfavorecido. 

En ambos casos, culpa y victimismo operan como estrategias de poder. Una disciplina a través de la autoacusación; la otra, a través de la externalización permanente de la responsabilidad. Ambas reducen la complejidad de la realidad social y ofrecen explicaciones simples que alivian la angustia colectiva. Las instituciones que se aprovechan de estas posiciones no necesitan imponer la fuerza de manera directa: les basta con administrar el relato moral dominante. El ciudadano culpable obedece para redimirse; el ciudadano victimizado obedece para ser protegido.

Desde este punto de vista, el problema no es reconocer la responsabilidad ni denunciar la injusticia, sino quedar atrapado en uno solo de estos polos. Una política verdaderamente emancipadora exigiría salir de esta falsa dicotomía y promover una conciencia capaz de reconocer tanto las condiciones estructurales como el margen de acción personal y colectiva. Mientras culpa y victimismo sigan funcionando como refugios emocionales y herramientas de manipulación, seguirán siendo monedas útiles para quienes prefieren gestionar el malestar social antes que transformarlo.

Desde el Vedanta

Desde el vedanta, la oposición entre culpa y victimismo se ve como una confusión más profunda: la identificación errónea con el yo psicológico y social. Para el vedanta, ambos polos nacen del mismo error fundamental, avidyā (अविद्या), la ignorancia de nuestra verdadera naturaleza. Tanto quien se vive culpable como quien se vive víctima está atrapado en la idea de ser un ente separado, definido por su historia, sus actos y lo que otros le han hecho. El vedanta no busca equilibrar culpa y victimismo ni elegir uno frente al otro, sino desmantelar el marco desde el cual ambos cobran sentido.

En el plano relativo, el vedanta reconoce la ley del karma (कर्म), es decir, la relación entre acción y consecuencia. Pero esta ley no se formula en términos morales de culpa, sino como una dinámica impersonal. No hay un “yo” esencial que deba ser castigado o absuelto, sino un entramado de acciones condicionadas que producen efectos. Desde esta mirada, la culpa es una apropiación egocéntrica del karma: el individuo se atribuye una autoría absoluta, como si fuera el origen último de sus actos. El victimismo es el movimiento inverso pero simétrico: la negación de toda autoría, como si el sujeto fuera un objeto pasivo del mundo. Ambos errores refuerzan la ilusión del ego.

En el ámbito social y político, el vedanta observa con cautela los discursos que fijan identidades colectivas en torno a la culpa o al victimismo. Cuando un grupo se define como culpable por esencia o como víctima por identidad, queda atrapado en nāma-rūpa (नामरूप), en el nombre y la forma. Esta fijación impide ver lo que el vedanta considera central: que el Sí mismo, ātman (आत्मन्), es el mismo en todos y no está manchado por la acción ni por el daño. Desde esta perspectiva, ninguna institución puede “salvar” ni “condenar” en un sentido último, porque lo esencial no es tocado por la historia.

Esto no implica indiferencia frente a la injusticia ni negación del sufrimiento. El vedanta distingue claramente entre el plano absoluto y el relativo. En el plano relativo, la acción justa es necesaria, el daño debe ser reparado y la ignorancia combatida. Pero la acción correcta no nace de la culpa ni del resentimiento, sino del discernimiento, viveka (विवेक). Cuando la acción surge desde la claridad, no refuerza identidades heridas ni necesita fabricar culpables perpetuos. Actúa porque es adecuado actuar, no para purificarse ni para vengarse.

Así, el vedanta orienta más allá del juego político de la culpa y el victimismo al señalar su raíz común: la creencia de que somos el hacedor y el padeciente últimos. Al reconocer que el yo profundo no es ni agente ni víctima, se libera una forma distinta de responsabilidad, no psicológica sino lúcida. Desde ahí, la transformación social deja de apoyarse en la manipulación emocional y se convierte en una expresión natural de comprensión. No se actúa para escapar de la culpa ni para sostener el agravio, sino porque ver con claridad hace imposible no hacerlo.