
Vacío y transparencia
20/04/2025A veces, en medio de las interacciones cotidianas, surgen encontronazos con los demás que, aunque pequeños, parecen dejar una marca profunda. Una palabra mal dicha, un gesto que interpretamos como rechazo o incluso un silencio que sentimos como desprecio pueden convertirse en semillas de dolor.
Durante mucho tiempo, reaccioné instintivamente ante estas situaciones, defendiendo mi posición, justificándome o incluso devolviendo el ataque. Pero, con el tiempo, y gracias al Vedanta, comencé a reflexionar: ¿qué es lo que realmente duele? ¿Es la acción del otro o es mi ego, esa parte de mí que necesita ser vista, validada, respetada? Estas reflexiones me han llevado a explorar los principios del Karma Yoga, y a darme cuenta de que, al soltar la identificación con el ego, puedo transformar estos momentos en oportunidades para conectarme más profundamente con Dios.
El Karma Yoga enseña que no somos los «hacedores». Todo lo que ocurre en nuestras acciones, y también en las de los demás, es expresión del SER, de esa chispa divina que sostiene y da vida a todo. Esto me ha ayudado a entender que cuando alguien dice algo que me hiere, no es «él» quien realmente actúa, ni soy «yo» quien está siendo herido.
Es decir, uno debe tener siempre presente la siguiente reflexión: «No hay nadie que hiera y no hay nadie a quien herir». Cuando hacemos esto, el dramatismo de la escena se disuelve y el ego se relaja.
Todo ocurre dentro del flujo de la vida, en el que Dios se manifiesta de maneras que a menudo no comprendemos. Si dejo de identificarme con mi ego, con esa idea rígida de «yo» que necesita ser defendida, entonces los ataques y encontronazos pasan a través de mí, como el viento que atraviesa un espacio vacío. No hay nada que pueda ser afectado, porque no hay un «yo» sólido al cual atacar.
Esta práctica no significa que me vuelva insensible o que permita que otros me traten mal sin límites. Se trata, más bien, de responder desde un lugar de calma y claridad, en lugar de reaccionar desde la herida. He notado que, cuando consigo hacerlo, no solo evito amplificar el conflicto, sino que también me siento más conectado con lo que realmente importa: mi relación con Dios. Cada vez que elijo no reaccionar desde el ego, siento que estoy dejando espacio para que Dios actúe a través de mí. En lugar de aferrarme al orgullo o al resentimiento, me abandono a Su voluntad, recordando que todo lo que ocurre es parte de un plan mayor, incluso si no puedo comprenderlo en ese momento.
En los momentos más difíciles, cuando siento que el dolor o la injusticia amenazan con abrumarme, me recuerdo que soy vacío y transparencia. Este vacío no es una ausencia, sino una presencia profunda, la presencia del SER.
En ese vacío, no hay lugar para el orgullo herido ni para el deseo de venganza. Lo único que queda es un espacio abierto donde Dios puede entrar y obrar. Este pensamiento me llena de paz y de devoción, porque me hace sentir que no estoy solo en el proceso de lidiar con las dificultades. Al contrario, estoy acompañado por esa fuerza divina que me sostiene y me guía.
La devoción se fortalece cuando dejo de ver a los demás como adversarios y empiezo a verlos como expresiones de Dios. Incluso en sus errores, incluso en sus palabras hirientes, Dios está presente, recordándome que mi tarea no es juzgar ni castigar, sino amar y aceptar. Este amor no significa permitir abusos ni aceptar el mal, pero sí implica ver más allá del acto, hacia la chispa divina que habita en cada ser. En los momentos más oscuros, cuando el ego quiere imponerse y reclamar su lugar, recuerdo que no soy el hacedor, y que todo lo que realmente importa es mi conexión con Dios. Esto me ayuda a soltar el control, a dejar de lado la lucha y a confiar en que, al final, todo está en Sus manos.
A través del Karma Yoga, he aprendido que cada encontronazo puede ser una oportunidad para fortalecer mi fe y mi devoción. Cada vez que elijo no reaccionar desde el ego, cada vez que permito que los ataques pasen a través de mí sin aferrarme a ellos, estoy eligiendo a Dios. Y en esa elección, encuentro una paz que el mundo no puede ofrecer, una paz que no depende de las acciones de los demás ni de las circunstancias externas.
Es la paz de saber que, en el vacío y la transparencia, estoy más cerca de Él.

